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¿Avatar provoca depresión?

Personas de Avatar en el bosque.

En 2009 se estrenaba Avatar, una película de ciencia ficción que James Cameron llevaba preparando años y años. El artífice de otras obras ilustres como Titanic, apostó todo por una película cuyos pilares había articulado a partir de una serie de sueños que tuvo muchos años atrás.

Avatar reventó las taquillas de todos los cines del mundo y se posicionó como una película que podía marcar un antes y un después en la historia. El fantasioso y bucólico mundo de Pandora dejó a pocos indiferentes. Gran parte de la sociedad quedó prendada por estos seres azules que reflejaban un sistema humanoide un elenco de sociedades tribales que recordaba a ciertas organizaciones humanas antes de que éstas fueran pervertidas por el transcurso de la industrialización y su consecuente mella. Es más, el propio director señaló que se había inspirado en etnias como la Maorí para la confección de la obra.

Por supuesto, también hubo severas críticas hacia la obra a pesar del tremendo éxito que ésta tuvo, y es que, entre otras cosas, fue acusada de reforzar esa idea de salvador Blanco, de mesías caucásico que acude a predicar su verdad por tierras aparentemente menos civilizadas. Avatar reproduce patrones de apropiación cultural, de etnocentrismo; legitima la idea de que el progreso es sinónimo de avance tecnológico de industrialización, etc.

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Síndrome depresivo post Avatar

No obstante, no vamos a centrarnos en todo lo anterior, aunque sea de importancia el recalcarlo, sino en el hecho de que, tras publicarse la película, salieron numerosas noticias aseverando que un amplio sector poblacional había experimentado una especie de síndrome depresivo a partir del visionado de la obra. Incluso, en muchos casos, el malestar podía requerir de terapia psicológica.

Este extraño fenómeno de depresión no se quedó en 2009, sino que parece ser que tras la segunda entrega de 2023 volvió a ocurrir lo mismo. Mucha gente comentó sentirse deprimida, apesadumbrada, con una enorme desazón…

¿Por qué ocurre todo esto? ¿Es acaso cierto o exageran?

Puede ser perfectamente cierto. Desde luego, no vamos a ser nosotros los que invaliden el sufrimiento de otros, ya que, a fin de cuentas, el sufrimiento siempre depende de la historia de aprendizaje particular, de las vivencias de cada sujeto, de los retales que nos vamos guardando en los bolsillitos. Desde el prisma propio puede parecernos un sufrimiento exagerado si lo comparamos con otras cosas que nosotros hayamos vivido, pero esta comparación siempre es injusta, pues el sufrimiento siempre es subjetivo.

Ahora bien, veamos con detenimiento qué es lo que verbalizaban concretamente aquellas personas que dijeron que estaban con depresión tras visionar Avatar. Por lo que parece, la mayoría de personas que expusieron este sentimiento de depresión se sentían así por razones que, básicamente, hacían ver que Pandora era concebido como un mundo utópico mucho más atractivo que lo que tenemos en la Tierra, un mundo inalcanzable con maravillas de la naturaleza dispuestas por Eywa, con un clima entre seres, entre habitantes mucho más afable que el que encontramos en nuestro planeta. Todo verde, todo lleno de colores abigarrados, montañas flotantes, fauna y flora estrambótica. Todo repleto de vida y fantasía. ¿Cómo no preferir vivir en un mundo como Pandora? ¿Cómo no preferir vivir en un mundo que parece la Tierra si no hubiera sido víctima de la existencia del humano?

De nuevo, no vamos a entrar en la invalidación del sufrimiento ajeno. Hay motivos perfectamente legítimos y válidos para sentir ese vacío y existencial y todo ese quebranto, pero lo que sí podemos hacer es matizar un par de cuestiones…

Sobrepatologización de lo cotidiano

No es necesario entrar a poner etiquetas a comportamientos que son perfectamente explicables de por sí. Es decir, el uso de la etiqueta “síndrome depresivo” o “depresión”, no nos aporta mayor información. La mayoría de veces, el uso de etiquetas diagnósticas y la lógica del modelo biomédico, sólo nos lleva a tautologías, a meras descripciones, a explicaciones circulares del tipo:

“Tengo depresión porque me comporto así… Me comporto así porque tengo depresión…”

Lo importante a la hora de analizar los problemas psicológicos es, como siempre recalcamos, la función, los porqués de las conductas. Así, podremos indagar verdaderamente en las explicaciones que nos llevan a comportarnos de determinado modo y, si es necesario, ponerle solución.

Esa tristeza, ese anhelo, toda esa zozobra que estas personas pudieron sentir al ver Avatar, es algo normal y completamente explicable mediante el cúmulo de aprendizajes que cada persona ha ido atravesando a lo largo de su vida. Además, tampoco debemos criminalizar estas emociones, estos estados algo más desagradables, pues son necesarios, coherentes e indispensables para nuestra supervivencia. Aunque nos pueda fastidiar, necesitamos sentir tristeza, melancolía… Todas esas emociones están ahí para algo.

Otra cosa sería que se nos empiece a enquistar el problema, que rumiemos y rumiemos en bucle acerca del mundo de Pandora, que no nos lo saquemos de la cabeza y acabe por limitar nuestra cotidianidad. Ahí sí estaríamos atravesando eso que se ha convenido socio-culturalmente como problema psicológico. Nos estaríamos enredando. Pero, que conste, tal cosa no equivale a tener ninguna enfermedad.

El origen de los problemas psicológicos

Tendemos a concebir los problemas psicológicos como enfermedades, ya que lo asemejamos al modelo médico. De ese modo, se ha desperdigado popularmente la idea de que la depresión se debe a un problema con la neurotransmisión, de que el TDAH es porque ciertas áreas cerebrales funcionan distinto, etc. Y, aunque hemos de tener en cuenta las variables biológicas, pues influyen, lo principalmente relevante a la hora de hablar de problemas psicológicos reside en el contexto. El ejemplo del síndrome depresivo que sucedió con Avatar, es una perfecta evidencia de todo esto. La causa está en el contexto. La causa está en la interacción del organismo con el medio. La causa está en la relación, no en una afección orgánica interna. La causa depende de los aprendizajes que la persona en particular ha ido teniendo y cómo tales aprendizajes se han relacionado con el visionado de la película.

Sea como sea, y para no extendernos mucho más, simplemente lanzar un mensaje de calma. Es normal que algunas personas nos metamos mucho en algunas películas, sobre todo si se ven en contextos proclives para tal estado emocional, como por ejemplo suelen ser los cines. Es normal que nos sintamos afectados, que lloremos, que nos sintamos tristes… ¡Es normal! En Avatar nos están reflejando mundos donde hay fuentes de gratificación mucho más valiosas e intensas para la mayoría de nosotros, mundos que nos encantaría visitar, mundos que querríamos que fuesen nuestro hogar. Sin embargo, no vivimos en esos mundos, pero sí podemos percatarnos de qué son esas cosas que tanto nos atraen, qué tienen esos mundos que nos presentan en la ficción, y tratar de, dentro de lo posible, acercar nuestro contexto hacia esos mundos. Es decir, si conseguimos dilucidar cuáles son esas fuentes de potencial gratificación, cuáles son esas cosas que nos llaman tanto la atención, podemos intentar adecuar nuestro entorno para que se parezca.

Estados de depresión sobrevinieron por sentir que la Tierra no era como el mundo de Avatar.

No es plan de pintarnos de azul y, de repente, intentar convertir la Tierra en Pandora, en un escenario de Avatar, pero sí es crucial conocerse a uno mismo, saber qué es valioso para nosotros y tratar de vivir acorde a ello. A veces, no nos terminamos de conocer y no acabamos de disfrutar de la propia existencia, ya que nos empecinamos en adherirnos a una forma de vida que verdaderamente no va en la línea de aquello que nos hace sentir bien.

Es muy importante conocer qué refuerza nuestra conducta, cuáles son nuestros reforzadores, qué mantiene nuestros comportamientos diarios. Aglutinar todo este tipo de conocimiento puede facilitarnos la vida y encaminarnos a vivir la vida que queremos vivir, y no una vida ahíta de necesidades impostadas y ajenas.

Y si no podemos tener la vida que queremos vivir, por lo menos intentemos querer la vida que tenemos, que sea digna o merecedora de ser vivida. Evidentemente, esto no siempre está en nuestras manos, y hay muchos factores que entran en juego en la ecuación y se escapan a nuestro control.

La motivación, los gustos y todo aquello que nos reporta gratificación o nos moviliza, es algo que se va entrenando y moldeando a lo largo de nuestra vida. Es producto de nuestra interacción en el medio, no viene en un pack de forma innata y genética.

Por otro lado, no es extraño esto que ocurre con Avatar, pero es que podemos verlo en nosotros mismos cada día. Estamos expuestos a tal nivel de escenarios, de estímulos distintos… debido a las redes sociales, a la sobre-conectividad… que de repente estamos un vídeo de erizos muy monos en Instagram, y queremos un erizo… que de repente estamos viendo en YouTube un vídeo sobre pueblos abandonados de Suiza, y queremos visitar tales pueblos… que de repente nos aparece un anuncio de comida tremendamente apetitosa, y queremos tal comida aunque nunca nos lo hubiéramos planteado antes… que capaz nos sale una persona que hace arqueología y acto seguido nos estamos matriculando de tal carrera.

Vivimos demasiado expuestos a cosas y cosas y más cosas que, constantemente, propician, debido a la historia de cada uno, una serie de reacciones emocionales, una serie de necesidades, una serie de comportamientos… Y no pasa nada, tendremos que paulatinamente aprender a vivir con toda esa saturación de información constante. Supongo que nos acabaremos habituando, pero si no fuera así, si este tipo de inputs que acarrean necesidades impostadas, las cuales muchas veces no se pueden satisfacer y generan frustración, falta de plenitud, la sensación de que nunca es suficiente… si este tipo de inputs nos empiezan a generar un fuerte malestar, ahí sí debemos ponerle solución y empezar a trabajarlo, por ejemplo, empezando por el propio control estimular, o, directamente, poniéndonos en manos de un buen profesional de la psicología. Y es que, como nos han dicho toda la vida, no hay más feliz que el ignorante, pues no sabe lo que ignora, no sabe lo que se pierde… Y ojos que no ven, corazón que no siente.

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